lunes, 4 de marzo de 2013

La esencia de la poesía
no está en el empleo del léxico erudito,
ni en el sabor empalagoso de lo alambicado,
ni en el culteranismo llevado al extremo,
el rebusque de figuras retóricas,
la complejidad de la estructura,
la perfección de la métrica;
sino, en todo esto,
puesto al servicio
de la complejidad humana,
lo más universal del sentimiento,
el retrato de una naturaleza
maternal y amenazante,
el parto y el vómito espiritual,
la pasión contenida
o la que florece libertina.
Podría hablar poéticamente,
si quisiera,
tanto de Mefistófeles
como del acto de defecar.
Podría colocar ornamentos sintácticos
Y paradigmas alejandrinos
en un texto vago y miserable,
y volverlo tan sustancioso
como un árbol de navidad.
Pero seguiría siendo mierda
si no penetrara una fibra ajena,
si no erizara la piel
(aunque sólo fuese la mía
mientras escribo),
si no despertase algún intersticio reflexivo,
nostálgico,
sensorial,
si no tocara una vértebra que sintiésemos ligada
a nuestra identidad.
Contando con esto,
con algo de esto,
la poesía puede prescindir de todo aquello
nombrado en primer lugar.
Pero jamás
puede ser a la inversa .