lunes, 19 de mayo de 2014

El canto de un ruiseñor
me late en las pupilas. 
Es una melodía intermitente 
que resuena en mis párpados, 
que atraviesa mis pestañas 
y se expande hacia el infinito 
llevando consigo algo de mí,
algo que me ha robado: 
aún no determino si la esperanza, 
si el encanto, 
si la voz interior.

El alma se me ha enmudecido. 
Y el silencio nos vuelve
más propensos
a llenarnos de los ruidos del mundo, 
a absorberlos con más énfasis, 
hasta saturarnos.

Algo en mis oídos se desangra,

mis oídos que son mis ojos, 
mis ojos que son mi canto.

¿Qué ha sido del ave 

que musicalizaba ese paraíso 
que me desbordaba por los poros? 
¿Qué ha sido del paraíso que, 
en el sosiego de sus paisajes, 
amansaba a mis bestias?

Todo se ha transformado

en bullicio, 
en cacofonía, 
en palabras vacías que se vuelven 
salvajismos hambrientos, 
que son poesía silenciada.

Las bestias se devoran entre ellas. 

El paraíso es una utopía rota.
El ave es una metáfora 
pecaminosamente ingenua.
Y yo soy el eco 
de una melodía sin resonancia.

domingo, 20 de abril de 2014

Uno nunca está solo
hasta que su motivación lo abandona.
Cuando así ocurre,
puede rodearnos suficiente amor externo,
pueden ocurrirnos cosas
bellas e inofensivas,
pueden tendernos
cien manos afectuosas,
pero las nuestras, las propias,
nos sueltan,
se nos escapan,
y no tenemos entonces,
con qué agarrarnos de absolutamente nada.

Hoy me senté,
con cierta angustia orgánica,
y llevada como por inercia,
en las afueras de un antro familiar.
Nadie me rodeaba
más que el viento, y el silencio nocturno.

Observé, frente a mí,
como mirándome,
la escultura de un felino
hecha en yeso, blanca, en bruto.
Imaginé que sería una leona,
o una pantera, o al menos,
así lo consideré.

La contemplé largo rato,
esperando,
estúpidamente,
que cobrara vida.

Y entonces,
imaginé
que si ella pudiera verme,
esperaría lo mismo de mí:
así de  muerta me sentí,
así de tiesa.

Empezó a sonar música desde dentro,
pero ni las vibraciones del bajo
ni los golpes de redoblante
han podido despertarme.

Todavía estoy en esta especie de sueño,
de mal sueño,
en este coma anímico,
que no sé cuánto lleva,
que se me hace eterno,
¿Cuánto más queda?
Ni siquiera estoy segura
de tener nociones claras
del significado de “eternidad”.

Hasta las bestias más fuertes,
en ciertos lugares y ocasiones,
devienen en una representación
malograda de sí mismas.

Eso es la leona, la pantera, el felino de yeso.

Eso soy en este sueño.  
La gente va y viene,
con sus preocupaciones cotidianas, 
con sus consternaciones pragmáticas, 
con sus alegrías fugaces
y sus urgencias rebasadas. 

Camina con prisa,
se saluda mecánicamente, 
mira siempre su reloj 
mientras intenta tomar 
transportes 
que no paran.

Aliviana sus penas cigarro en mano, 
manda diez veces todo al demonio, 
mientas espera inquieta, 
en alguna parada de Buenos Aires, 
alguna especie de arca apocalíptica 
que la lleve lejos de tanta mierda.

Un poco de templanza es menester

entre tanta sangre a punto de hervor.

Las llamas de la inoperancia humana 

han creado una bestia difícil de vencer: 
quien no le teme, la combate grotescamente.

Algunos desvían la mirada 
y la depositan en asuntos triviales.
Otros, pretenden arrancarle los ojos 
cuando el problema está en su corazón.

Diluvia en la ciudad, 

mas quizás se requiera de elementos 
de otra naturaleza 
para apagar el fuego.
Las espadas del guerrero 

se han tornado vetustas, 
y se han oxidado ya los escudos empíricos. 

Tropas de conciencia que se han dado a la fuga, 
dando por perdidas batallas que aún no han sido iniciadas, 
que han sido iniciadas desde el enfoque incorrecto.

Y todo queda en anarquía moral,

en barbarie existencial, 
en cacería y animalada.

Estas tierras no han de soportarnos mucho tiempo más, no: 

que en cualquier momento han de expulsarnos de un escupitajo. 

Y sin embargo esperamos, 
esperamos su redención, 
esperamos el milagro,
esperamos algo, 
cualquier cosa que sea, 
con tal de que no sea esto.

Puta que diluvia, y el arca no llega.
Las necesidades impuestas,
las chácharas vacías.
El cardumen de pirañas
masticándote las sienes
en un mar sin agua.
Las embolias artificiales,
la aneurisma consentida.
Las carnes primero,
el resto no esta expuesto,
el resto cuenta para pocos
y acá lo que importa es la llegada rápida,
los encantos instantáneos,
la idiotez adornada.
Las virtudes están desvirtuadas,
las banalidades se jactan desde su pedestal.
Al conocimiento se le huye
casi tanto como a las arrugas.
Las mujeres reniegan más por un culo caído
que por una integridad desmoronada.
Y a los tipos les preocupa enormemente el tamaño de su pene
pero no les quita el sueño una caballerosidad microscópica.
Pesan los asuntos circunstanciales,
superficiales,
capitalistas,
mucho más que la pobreza espiritual.
Nadie se avergüenza tanto de lo que le falta por dentro
como de lo que le falta o le sobra por fuera.
Y cuando hablo de espíritu
no hablo de religión:
ella también está manoseada por intereses de poder,
y plagada de axiomas que nacen de la ignorancia
y que rechazan la pluralidad de caminos espirituales
que conduzcan hacia la felicidad.
Hablo de la intención de sentir una riqueza interior,
que se nutra de naturaleza,
de dialogo,
de fraternidad.
Hablo de abrir los brazos y recibir el amor del mundo,
de querernos a nosotros mismos
en términos no narcisistas,
de cuidar lo que somos en esencia,
y de no dejarnos penetrar tan fácilmente
por lo que todos los sistemas quieren que seamos.

jueves, 20 de febrero de 2014

Romance del viento y el tiempo


Pacífica es la mirada del viento
que susurra, elocuente, poemas al tiempo.
Supera su voz a cualquier otro intento
de enamorar a las horas que aún no han pasado.

El viejo reloj, como hipnotizado,
suspira segundos con su suave aliento.
Cada minuto lo siente sagrado,
Cronos, templado, congela el momento.

Día y noche se han yuxtapuesto,
ayer y hoy, presente y pasado.
El rostro de Jano se ha transformado:
se han igualado perfiles opuestos.

“Déjame beber, purísimo Cronos,
de la eternidad que, con gracia, inunda tus huesos.
Cólmame de vida y de fibra del cosmos,
y a cambio tendrás en tus labios mis besos”.

Y así es como el amor detiene un instante
a todo lo que corre con prisa y errante.
El viento nos roza, paseando oscilante
entre el fresco aire y el dulce sentimiento.
El beso del amado inmortaliza el momento...
será que el fiel viento ha llegado a su puerto.




lunes, 3 de febrero de 2014

Vuelo rojo

El mundo corre por mis venas
como una pluma sigilosa.
La sangre fluye, impetuosa,
con su torrente de penas.

Vuelan dentro las aves rojas,
emigrando al propulsor músculo.
(Lo gigante y lo minúsculo
El débil corazón aloja).

Algo aletea en una arteria,
con frenesí golpea sus muros.
Será el amor o la tenue histeria,
serán temores que quedan mudos.

La vida contenida grita,
el cuerpo vuelca incertidumbre.
Vertiente de gloria fortuita,
que desemboca en podredumbre.

Sangre calma o turbulenta,
que al correr bendice, o ahoga.
Amarra o ahorca, como una soga,
circula pacífica o violenta.

Estando, exalta y excita.
Y cuando no conmueve, alborota.
Ciclotimias intactas y paces rotas,
brotando en angustia infinita.

Las aves rojas vuelan fuera...
¡Se tiñe el asfalto moribundo!
Se ha parado por dentro el mundo,
se ha coagulado la espera.




Atemporal

Altaneras, 
las luciérnagas ancestrales
iluminan tu pupilas,
en un vuelo milenario.

Tus pestañas de miel y pluma
vuelan,
se desprenden en escala
y se pierden
en el aire místico y etéreo.

Diáfanos diamantes
que a tu lado son nada.
Cada célula en tu ser
es iridiscente y gloriosa.

Cada uno de tus poros
es una amatista atemporal.
Y yo, soy el tiempo
detenido en tus manos.



Las cosas

Hierven, las cosas hierven:
el epicentro de la tierra,
y la ira contenida en sus garras.
“Tú, que fuerte te amarras,
no evitarás que desate esta guerra,
haré que todas las cosas tiemblen”

Gritan, las cosas gritan:
el roble quedo en las raíces,
y el dolor en su tronco dorsal.
“Hombre, causaste este mal…
Sólo dejas muerte y cicatrices
en los hermanos que te suplican”

Lloran, las cosas lloran:
la gaviota moribunda en el mar,
y la astilla infecta en sus alas.
“Bastardo, en nada te igualas
a otros seres capaces de amar,
¡Seres que piedad imploran!”

Laten, las cosas laten:
la vida en cada átomo ínfimo
de algún feto intoxicado.
“¡Verdugo! Me has condenado,
contaminando mi espacio íntimo,
a tragar mierdas que me maten”

Sufren, las cosas sufren:
la estrella tenue en el universo,
a la que nadie pide deseos.
“Mundano, quedó desterrado
el placer visual ante el firmamento,
tus humos grises todo recubren”

Las cosas hierven,
las cosas gritan,
las cosas lloran,
las cosas sufren.
Las cosas, todavía laten
donde el ser humano destruye.

Amantes




Pasionarias,
tus piernas y mis piernas

forman enredaderas

con ansias revolucionarias

de subir por las caderas.

Áreas esteparias,
somos voraces fieras
buscando, entre marañas,
artimañas placenteras.

Mi canino sagaz te alcanza
con su mordida pasajera.
vos cobrás venganza,
y me depredás entera.

Nuestros sexos se amalgaman
sin hierática espera.
Nuestras miradas se reclaman,
hechizadas por la hoguera
de ese fuego que las llama,
en los ojos del que ama.

Somos bestias agrias,
y flores de primavera…

Criaturas ordinarias
con románticas quimeras.