viernes, 18 de octubre de 2013

La espera

Los ojos del alba miraron
las grietas vacías del sol.
Las ciudades olvidadas gritaron
los nombres de sus falsos dioses, 
héroes que desaparecieron, un día cualquiera,
entre polvillo y castigo.

Las manos del fugaz ocaso
soltaron a las aves, esperanzadas.
Todos se sentaron a esperar:
nunca nadie llegó.

Las colinas exhalaron el aliento
de un suspiro melancólico.
El viento trepaba por sus espaldas,
llevándose las flores de otoño.

Las casas quedaron habitadas
sólo por la gélida ausencia,
dejaron de albergar promesas generacionales
llenas de engaño y parafernalia.
(Algunas guirnaldas descoloridas
yacían, pisoteadas, frente a cada puerta,
refregando en la cara de los emperadores muertos
la caducidad de los festejos.)

A los pueblos les han azotado tantas veces
los sueños y las piernas
que han perdido la confianza

necesaria para levantarse.

Entonces esperan, pasivamente,
que alguien les devuelva
el mensaje enviado,
que las palomas traigan con su vuelo
alguna respuesta de cambio.

Mientras esperan,
sus voces envejecen,
sus intereses se aburguesan,
y su espíritu revolucionario se destiñe,
tal como las guirnaldas.

Esperar:
esperar no es hacer.
Las dolencias sociales
son la resaca acumulada
de todas las revoluciones postergadas.

La bestia latente

Hay un paisaje meridional
en las vértebras del hombre-bestia.
Y pasando la espina dorsal,
un manantial de agua fresca
moja su moralidad 
y humedece su conciencia.

Desnudo de su pensar, 
en libertad se manifiesta.
Libre de todo mal,
junto al arroyo se recuesta.
Duerme su alma dual,
duerme y sueña que secuestra,
en un rapto animal,
esa humanidad funesta.

Siente la voracidad
que le urge en respuesta
del instinto ancestral,
un impulso vital
que lo lleva, por inercia,
sin dudar y sin pensar,
a aferrarse a la existencia.

Latidos y frecuencia,
latidos y frecuencia…


Impronta interna, eterna
de supervivencia.
Pone toda resistencia
y procura no morir,
depreda para vivir,
y aun no pierde la inocencia.

No se inmuta por dolencias
culturalmente impuestas.
Los dilemas no lo espantan,
ni las pestilencias.

Anda sin buscar motivos,
sin cargarse la imprudencia
de sufrir la soledad,
de llorar alguna ausencia:

el mundo lo acompaña,
pues el mundo es su presencia,
goza de la omnipotencia
de sentirse un todo y de ser libre
en la selva de su esencia,
donde nada es racional,
donde un orden natural
albergó a las apetencias.

Latidos y frecuencia,
latidos y frecuencia…
latidos y frecuencia…

 
y eventualmente, se silencia.

Epílogo

Todas las esquirlas en mi pecho
guardan el sonido de tu nombre.
Y entre lo vivido y lo deshecho,
quedó la imagen de aquel hombre
que fue mi amor y mi despecho
y procuró que a la luz sombre
la ternura hecha desecho.

Las horas de ingenuos besos 
y de caricias desvergonzadas
no nos dejaron ilesos:
hirieron como punzadas
que calaron en varios huesos,
anatomías erizadas
de cuerpos que fueron presos.

El clímax se tornó literario,
Y nos condujo así al desenlace.
Cantaba, tal vez, un canario
mas no hubo nadie que lo escuchase.
En su pico se llevó el relicario
donde hoy tu recuerdo yace,
borroso y algo precario.

La jaula de historias rotas
encierra, también, la nuestra.
Las de todos los idiotas,
somos todos una muestra.

El amor es una ignota
sensación que nos secuestra
como el viento a las gaviotas.