lunes, 25 de enero de 2010




Pequeños instrumentos
creados para medir
la cualidad de perecedero en el hombre.
La tortura que le recuerda que nada es eterno,
la vida escurriéndose entre sus manecillas.
Fragmentación de la existencia en doce partes
reiterativas e invariables.
Tic tacs análogos
que se escuchan una y otra vez
y en cada uno de ellos
un momento que jamás volverá a repetirse.
Materialización de lo que sólo era visible
en los estragos físicos en los mortales,
como si ello no hubiera sido suficiente
para sabernos finitos.
Corre e intentamos ir más rápido que él.
En ocasiones, deseamos detenerlo,
para tomar algo de ventaja.
Pero ni aún con detenerlos todos
podríamos remediar aquellos estragos.
Aquellos relojes corpóreos
que emplean grietas en el rostro
a modo de números
Y pulsaciones de manecillas irregulares,
son instrumentos biológicos ineludibles
y funcionales acaso
desde el origen de la existencia.
Nacemos con ellos
reímos, sentimos, lloramos.
Vivimos las horas justas y necesarias.
Y entonces, completamos la vuelta.
Una vez allí,
ni una más,
ni una menos.
Hay quienes piensan
que en el fondo
somos almas eternas,
pero en realidad
somos sólo cuerpos
con una carga horaria
que respetar.

domingo, 24 de enero de 2010

Somos las pinceladas de un neurótico que experimenta en sus lienzos, en movimientos bruscos y torpes nos dibuja, y acabamos siendo el intento de una obra maestra que nunca pudo ser y jamás verá la luz en una galería de arte.
Una idea que intentó cobrar vida pero jamás fue terminada, un proyecto abandonado a mitad de camino, el trabajo de un pintor que murió pobre y en el anonimato antes de concluir su pintura cumbre.
Un pedazo de tela destinado a los hongos de la humedad de un cuarto oscuro y vacío, colores de acuarela que empalidecen con el pasar del tiempo, y unos trazos que se desdibujan, que se pierden en la nada.
Y así, lo que alguna vez intentó ser una imagen resplandeciente y llena de vida, acaba siendo una figura difusa de la cual sólo se distingue un débil contorno carente de gracia.
Somos el fruto inmaduro, la pieza incompleta, el éxito inalcanzado.
Y es triste que alguien haya puesto entusiasmo, creatividad y expectativas, en algo que acabó siendo un fracaso más, en un proyecto que jamás saldrá del galpón, y quedará cubierto de polvillo y telarañas, pidiendo a gritos ser descubierto en un lugar en el que nadie podrá distinguirlo de la basura.
El mundo es una manzana podrida
De la que todos comen
Y de cuyas semillas germinan
Mundos paralelos
Más pequeños y menos blanduzcos
Destinados a tomar el mismo color
De su predecesora.
Múltiples mordeduras
Miles de bocas se alimentan
Miles de bocas se remiten
Al edén
Que alguna vez Eva conoció
O intentó conocer.
Empero, en contra de esa intención primera,
Nos conoció a nosotros.
Los gusanos brotaron al abrirse el fruto
Adquirieron la libertad
Que quienes los liberaron no tuvieron.
Y lo que ven aquellas larvas como un manzano
Plagado de reluciente carmín
No es más que el débil sostén
De tentadoras delicias que esconden el potencial desperdicio.
Sí, el mundo es una manzana podrida
Y nosotros, los gusanos que la hemos corrompido.
Aún no había amanecido, pero a lo lejos podían oírse los albatros cantando en el aire. Imaginaba sus técnicas de vuelo, sus acrobacias. Percibía su gracia, y en cierta forma, deseaba ser ellos, miles de ellos, envidiaba la libertad que aquellas alas conocían.
Al tiempo que me figuraba mí misma siendo aquél ave pelágica, mi vista se fijó en un grupo que había volado en espiral hasta posarse sobre la superficie del agua, para sellar con sus pálidos picos el destino de los crustáceos que estuvieran a su alcance.Paralelamente a mi admiración por la especie, se desarrollaba en mí un sentimiento de inferioridad con respecto a ella: yo me sentía un crustáceo, un insignificante pláncton, una presa fácil.
Las aves volaron hasta perderse en el horizonte, y se llevaron entre su plumaje un sinfín de utopías que alguna vez me pertenecieron, pero que ya no me servían, que ya sentía ajenas.Me acerqué a la orilla, mojé mis pies, y con los ojos cerrados, anhelé inútilmente que la brisa secara mis lágrimas.
Al abrir los ojos fui tentada por aquella inmensidad, que parecía succionarme en sus profundidades, en una especie de encantamiento. Y a medida que me adentraba en ella, mi cuerpo cambiaba de tamaño, mi piel se volvía traslúcida, unas antenas crecían en la parte dorsal de mi cabeza.
Las lágrimas habían desaparecido.En principio pensé que se habrían mezclado con el agua del océano, y luego caí en cuenta de que una artemia no llora.Me acerqué a la superficie, y allí permanecí, esperando que los albatros regresaran.