sábado, 17 de marzo de 2018

¿Y usted, por qué escribe, es decir, por qué insiste en hacerlo en una época en la que ya casi nadie lee?
La pregunta es simple, mas no así, tanto como su respuesta:
Le diré el porqué, y trataré de ser breve.
Escribo para no explotar,
para masticar el espanto y encontrarle algún sabor,
para sublimar la rebeldía psicótica que de otro modo me consumiría.
Escribo, estimado lector,
para encontrar un atisbo de luz en las palabras,
esa luz que no encuentro
en este mundo en penumbras, en el que ciertamente no encajo.
Escribo para salvar del encierro al subconsciente,
para abrirle la jaula a las ideas silenciadas.
Escribo, porque de otro modo
no podría expresar mi ser como un todo,
siendo más que la suma de las partes.
Escribo para simplificar en pocas líneas
la complejidad de la existencia,
siendo consciente de todo lo que florece en ella,
Y de todo lo que en ella se marchita y se agota.
Escribo porque me nace involuntariamente,
Como si todo mi cuerpo y mi mente
corrieran instintiva y visceralmente hacia ello, evitando, en un intento desesperado, ahogarse o morir.
Escribo por el mismo motivo por el cual el águila vuela y el león depreda:
está en mi naturaleza y es parte de mi supervivencia.
Escribo con la inocente esperanza de que la prosa sobreviva incluso cuando yo no lo haya hecho.

Permítame, ahora, darle un consejo:
el horror, la frustración
la ira,
los mares de lágrimas
y las malas decisiones,
la impotencia,
la catástrofe:
transfórmelo todo en poesía
porque a través de ella,
el caos se armoniza,
se pinta, se canta;
se reinterpreta desde el placer estético
y se vuelve bello,
aun naciendo de lo imperfecto.



domingo, 15 de octubre de 2017

El ser humano ha sido dotado de una inteligencia que lo diferencia del resto de los seres vivos. No cabe duda de que, a lo largo de la historia, éste ha sabido utilizar esa inteligencia: no tanto en sus actos,  sino más bien para justificar desde argumentos racionalizados todas sus animaladas. Ha perfeccionado su retórica, su elaboración de argumentos, su capacidad de persuasión. Ha aprendido a valerse de las palabras. A convencer a través de ellas. Los actos bestiales se han disfrazado detrás de la máscara de la comunicación verbal. Explicar un porqué. Una lógica para todo acto, enmarcado siempre en un contexto debatible. El lenguaje le ha dado también un "don" único: la posibilidad de mentir. El ser humano sigue su instinto y muchas veces mata, viola, acecha, masacra, destruye. Pero a diferencia del resto de los animales, puede decir que no lo ha hecho. O buscará poner la culpa en algo ajeno a él: culpará a otro. Buscará alguna justificación. Intentará jugar con la duda.

El lenguaje también le permite manipular y lograr admiración y respeto de otros pares, aún cuando esté anunciando, con un par de adornos, actos nefastos.

Esa es la inteligencia que lo pone en otro peldaño: la que le permite tomar el pelo y hacerse pasar por alguien que no es.

El resto de los animales son auténticos. La presa no oculta su miedo, el depredador no muestra falsa compasión.


El hombre es una bestia con un buen disfraz, que es su estructura.

lunes, 3 de julio de 2017

Este mundo necesita
menos armas y más poesía,
menos ira y más inventos,
menos pose, más diálogo.

Menos trajes y más locos,
menos jaulas y más pájaros,
menos hambre y más cuentos.

Este mundo necesita
menos necios y más sabios,
menos tele, más presencia
más infancia y más fomento.

Menos teclas y más libros,
menos modas, más ideas
menos guerras, más encuentros.

Menos duelos, más besos
menos máquinas, más abrazos
menos odio, más osadía.

Menos preceptos.
Menos excusas.
Menos ortodoxia,
burocracia,
oligarquía.

Menos violencia y más arte.




sábado, 29 de abril de 2017

Seres diminutos que
de vez en cuando
nos convertimos,
por un instante,
en un acto de grandeza.
Acá, en este mundo precario,
desatendido,
que cada tanto,
se vuelve una maravilla pictórica
rescatada como un cuadro pequeño, componente mínimo
de una escena general
de destrucción.
Un instante efímero de éxtasis,
de júbilo o placer,
en el marco panorámico de una vida de intolerable horror
que transforma lo breve, brevísimo de sí misma, en un camino denso y espantoso. Entonces, ¿vale la pena?
Ese recorte surrealista, de ensueño, mágico e ingenuo.
Sustentado a veces por idealismo, otras por ignorancia. Otras tantas por desinterés frente a la tragedia de la realidad
y frivolidad en la cosmovisión. Pero, la mayoría de las veces, toleramos toda la repugnancia que la existencia implica
a causa de un asqueroso y desmedido optimismo,
asqueroso y hermoso a la vez,
porque nos mantiene aferrados a la vida propia y a la de nuestra especie un pequeño gesto de amor,
un pequeño momento de felicidad, una mínima actitud de inocencia, de bondad.
Creemos y descreemos al mismo tiempo en la humanidad, en la luz, en la paz.
Tememos y repudiamos lo que el mundo, la sociedad, el hombre es a la vista de los hechos. Pero no es suficiente, para la mayoría, para soltarnos, para desprendernos. Sólo unos pocos se atreven a renunciar. ¿Por qué? Es misterioso, casi inexplicable, que la mayoría aún tengamos el deseo de aferrarnos a esto tan manoseado, tan sucio e incoherente de nacer sin haberlo pedido, transitar y morir, sin lograr nada más que recortes, sin juntar más que pocos buenos recuerdos, sin cruzarnos con poco más que un par de lugares y personas significantes.
En todos los que seguimos transitando, apostando inconcientemente, falta quizás un sentido de unidad,
tal vez lo que el mundo, la sociedad y el hombre necesiten
sea el sacrificio de varias generaciones
que defendamos con la vida la revolución, la búsqueda de la sabiduría intelectual y espiritual,
la prédica del amor con cada uno de los actos.
Pero no lo logramos,
no ponemos la vida en riesgo.
Salvo casos aislados,
quienes no toleran el asco se quitan la vida desde lo individual,
se vuelan la cabeza antes de comprometerse en la lucha por algo en lo que no creen (y no los culpo, alguna que otra vez me he sentido tentada de desaparecer).
Y quienes aún seguimos por lo pequeño que nos hace seguir,
tampoco nos involucramos hasta la muerte en nada, porque el leve amor que la vida nos despierta nos impide también arriesgarla en el intento de cambiar o ponerle fin a lo que de ella nos aterra o repele.
Estamos entonces en una jodida encrucijada, donde el desencuentro y el individualismo nos dificultan la concreción de ese deseo esperanzado de un cambio sustancial, auténtico. Demasiada información, demasiados inconvenientes, demasiado sacrificio requerido. No estamos listos para tanto. Por eso seguimos, observando el declive, contemplando el ocaso, sedándonos con pequeñas cosas lindas para que la conciencia digiera este caos lo menos dolorosamente posible.





lunes, 19 de mayo de 2014

El canto de un ruiseñor
me late en las pupilas. 
Es una melodía intermitente 
que resuena en mis párpados, 
que atraviesa mis pestañas 
y se expande hacia el infinito 
llevando consigo algo de mí,
algo que me ha robado: 
aún no determino si la esperanza, 
si el encanto, 
si la voz interior.

El alma se me ha enmudecido. 
Y el silencio nos vuelve
más propensos
a llenarnos de los ruidos del mundo, 
a absorberlos con más énfasis, 
hasta saturarnos.

Algo en mis oídos se desangra,

mis oídos que son mis ojos, 
mis ojos que son mi canto.

¿Qué ha sido del ave 

que musicalizaba ese paraíso 
que me desbordaba por los poros? 
¿Qué ha sido del paraíso que, 
en el sosiego de sus paisajes, 
amansaba a mis bestias?

Todo se ha transformado

en bullicio, 
en cacofonía, 
en palabras vacías que se vuelven 
salvajismos hambrientos, 
que son poesía silenciada.

Las bestias se devoran entre ellas. 

El paraíso es una utopía rota.
El ave es una metáfora 
pecaminosamente ingenua.
Y yo soy el eco 
de una melodía sin resonancia.

domingo, 20 de abril de 2014

Uno nunca está solo
hasta que su motivación lo abandona.
Cuando así ocurre,
puede rodearnos suficiente amor externo,
pueden ocurrirnos cosas
bellas e inofensivas,
pueden tendernos
cien manos afectuosas,
pero las nuestras, las propias,
nos sueltan,
se nos escapan,
y no tenemos entonces,
con qué agarrarnos de absolutamente nada.

Hoy me senté,
con cierta angustia orgánica,
y llevada como por inercia,
en las afueras de un antro familiar.
Nadie me rodeaba
más que el viento, y el silencio nocturno.

Observé, frente a mí,
como mirándome,
la escultura de un felino
hecha en yeso, blanca, en bruto.
Imaginé que sería una leona,
o una pantera, o al menos,
así lo consideré.

La contemplé largo rato,
esperando,
estúpidamente,
que cobrara vida.

Y entonces,
imaginé
que si ella pudiera verme,
esperaría lo mismo de mí:
así de  muerta me sentí,
así de tiesa.

Empezó a sonar música desde dentro,
pero ni las vibraciones del bajo
ni los golpes de redoblante
han podido despertarme.

Todavía estoy en esta especie de sueño,
de mal sueño,
en este coma anímico,
que no sé cuánto lleva,
que se me hace eterno,
¿Cuánto más queda?
Ni siquiera estoy segura
de tener nociones claras
del significado de “eternidad”.

Hasta las bestias más fuertes,
en ciertos lugares y ocasiones,
devienen en una representación
malograda de sí mismas.

Eso es la leona, la pantera, el felino de yeso.

Eso soy en este sueño.  
La gente va y viene,
con sus preocupaciones cotidianas, 
con sus consternaciones pragmáticas, 
con sus alegrías fugaces
y sus urgencias rebasadas. 

Camina con prisa,
se saluda mecánicamente, 
mira siempre su reloj 
mientras intenta tomar 
transportes 
que no paran.

Aliviana sus penas cigarro en mano, 
manda diez veces todo al demonio, 
mientas espera inquieta, 
en alguna parada de Buenos Aires, 
alguna especie de arca apocalíptica 
que la lleve lejos de tanta mierda.

Un poco de templanza es menester

entre tanta sangre a punto de hervor.

Las llamas de la inoperancia humana 

han creado una bestia difícil de vencer: 
quien no le teme, la combate grotescamente.

Algunos desvían la mirada 
y la depositan en asuntos triviales.
Otros, pretenden arrancarle los ojos 
cuando el problema está en su corazón.

Diluvia en la ciudad, 

mas quizás se requiera de elementos 
de otra naturaleza 
para apagar el fuego.
Las espadas del guerrero 

se han tornado vetustas, 
y se han oxidado ya los escudos empíricos. 

Tropas de conciencia que se han dado a la fuga, 
dando por perdidas batallas que aún no han sido iniciadas, 
que han sido iniciadas desde el enfoque incorrecto.

Y todo queda en anarquía moral,

en barbarie existencial, 
en cacería y animalada.

Estas tierras no han de soportarnos mucho tiempo más, no: 

que en cualquier momento han de expulsarnos de un escupitajo. 

Y sin embargo esperamos, 
esperamos su redención, 
esperamos el milagro,
esperamos algo, 
cualquier cosa que sea, 
con tal de que no sea esto.

Puta que diluvia, y el arca no llega.