lunes, 3 de julio de 2017

Este mundo necesita
menos armas y más poesía,
menos ira y más inventos,
menos pose, más diálogo.

Menos trajes y más locos,
menos jaulas y más pájaros,
menos hambre y más cuentos.

Este mundo necesita
menos necios y más sabios,
menos tele, más presencia
más infancia y más fomento.

Menos teclas y más libros,
menos modas, más ideas
menos guerras, más encuentros.

Menos duelos, más besos
menos máquinas, más abrazos
menos odio, más osadía.

Menos preceptos.
Menos excusas.
Menos ortodoxia,
burocracia,
oligarquía.

Menos violencia y más arte.




sábado, 29 de abril de 2017

Seres diminutos que
de vez en cuando
nos convertimos,
por un instante,
en un acto de grandeza.
Acá, en este mundo precario,
desatendido,
que cada tanto,
se vuelve una maravilla pictórica
rescatada como un cuadro pequeño, componente mínimo
de una escena general
de destrucción.
Un instante efímero de éxtasis,
de júbilo o placer,
en el marco panorámico de una vida de intolerable horror
que transforma lo breve, brevísimo de sí misma, en un camino denso y espantoso. Entonces, ¿vale la pena?
Ese recorte surrealista, de ensueño, mágico e ingenuo.
Sustentado a veces por idealismo, otras por ignorancia. Otras tantas por desinterés frente a la tragedia de la realidad
y frivolidad en la cosmovisión. Pero, la mayoría de las veces, toleramos toda la repugnancia que la existencia implica
a causa de un asqueroso y desmedido optimismo,
asqueroso y hermoso a la vez,
porque nos mantiene aferrados a la vida propia y a la de nuestra especie un pequeño gesto de amor,
un pequeño momento de felicidad, una mínima actitud de inocencia, de bondad.
Creemos y descreemos al mismo tiempo en la humanidad, en la luz, en la paz.
Tememos y repudiamos lo que el mundo, la sociedad, el hombre es a la vista de los hechos. Pero no es suficiente, para la mayoría, para soltarnos, para desprendernos. Sólo unos pocos se atreven a renunciar. ¿Por qué? Es misterioso, casi inexplicable, que la mayoría aún tengamos el deseo de aferrarnos a esto tan manoseado, tan sucio e incoherente de nacer sin haberlo pedido, transitar y morir, sin lograr nada más que recortes, sin juntar más que pocos buenos recuerdos, sin cruzarnos con poco más que un par de lugares y personas significantes.
En todos los que seguimos transitando, apostando inconcientemente, falta quizás un sentido de unidad,
tal vez lo que el mundo, la sociedad y el hombre necesiten
sea el sacrificio de varias generaciones
que defendamos con la vida la revolución, la búsqueda de la sabiduría intelectual y espiritual,
la prédica del amor con cada uno de los actos.
Pero no lo logramos,
no ponemos la vida en riesgo.
Salvo casos aislados,
quienes no toleran el asco se quitan la vida desde lo individual,
se vuelan la cabeza antes de comprometerse en la lucha por algo en lo que no creen (y no los culpo, alguna que otra vez me he sentido tentada de desaparecer).
Y quienes aún seguimos por lo pequeño que nos hace seguir,
tampoco nos involucramos hasta la muerte en nada, porque el leve amor que la vida nos despierta nos impide también arriesgarla en el intento de cambiar o ponerle fin a lo que de ella nos aterra o repele.
Estamos entonces en una jodida encrucijada, donde el desencuentro y el individualismo nos dificultan la concreción de ese deseo esperanzado de un cambio sustancial, auténtico. Demasiada información, demasiados inconvenientes, demasiado sacrificio requerido. No estamos listos para tanto. Por eso seguimos, observando el declive, contemplando el ocaso, sedándonos con pequeñas cosas lindas para que la conciencia digiera este caos lo menos dolorosamente posible.





lunes, 19 de mayo de 2014

El canto de un ruiseñor
me late en las pupilas. 
Es una melodía intermitente 
que resuena en mis párpados, 
que atraviesa mis pestañas 
y se expande hacia el infinito 
llevando consigo algo de mí,
algo que me ha robado: 
aún no determino si la esperanza, 
si el encanto, 
si la voz interior.

El alma se me ha enmudecido. 
Y el silencio nos vuelve
más propensos
a llenarnos de los ruidos del mundo, 
a absorberlos con más énfasis, 
hasta saturarnos.

Algo en mis oídos se desangra,

mis oídos que son mis ojos, 
mis ojos que son mi canto.

¿Qué ha sido del ave 

que musicalizaba ese paraíso 
que me desbordaba por los poros? 
¿Qué ha sido del paraíso que, 
en el sosiego de sus paisajes, 
amansaba a mis bestias?

Todo se ha transformado

en bullicio, 
en cacofonía, 
en palabras vacías que se vuelven 
salvajismos hambrientos, 
que son poesía silenciada.

Las bestias se devoran entre ellas. 

El paraíso es una utopía rota.
El ave es una metáfora 
pecaminosamente ingenua.
Y yo soy el eco 
de una melodía sin resonancia.

domingo, 20 de abril de 2014

Uno nunca está solo
hasta que su motivación lo abandona.
Cuando así ocurre,
puede rodearnos suficiente amor externo,
pueden ocurrirnos cosas
bellas e inofensivas,
pueden tendernos
cien manos afectuosas,
pero las nuestras, las propias,
nos sueltan,
se nos escapan,
y no tenemos entonces,
con qué agarrarnos de absolutamente nada.

Hoy me senté,
con cierta angustia orgánica,
y llevada como por inercia,
en las afueras de un antro familiar.
Nadie me rodeaba
más que el viento, y el silencio nocturno.

Observé, frente a mí,
como mirándome,
la escultura de un felino
hecha en yeso, blanca, en bruto.
Imaginé que sería una leona,
o una pantera, o al menos,
así lo consideré.

La contemplé largo rato,
esperando,
estúpidamente,
que cobrara vida.

Y entonces,
imaginé
que si ella pudiera verme,
esperaría lo mismo de mí:
así de  muerta me sentí,
así de tiesa.

Empezó a sonar música desde dentro,
pero ni las vibraciones del bajo
ni los golpes de redoblante
han podido despertarme.

Todavía estoy en esta especie de sueño,
de mal sueño,
en este coma anímico,
que no sé cuánto lleva,
que se me hace eterno,
¿Cuánto más queda?
Ni siquiera estoy segura
de tener nociones claras
del significado de “eternidad”.

Hasta las bestias más fuertes,
en ciertos lugares y ocasiones,
devienen en una representación
malograda de sí mismas.

Eso es la leona, la pantera, el felino de yeso.

Eso soy en este sueño.  
La gente va y viene,
con sus preocupaciones cotidianas, 
con sus consternaciones pragmáticas, 
con sus alegrías fugaces
y sus urgencias rebasadas. 

Camina con prisa,
se saluda mecánicamente, 
mira siempre su reloj 
mientras intenta tomar 
transportes 
que no paran.

Aliviana sus penas cigarro en mano, 
manda diez veces todo al demonio, 
mientas espera inquieta, 
en alguna parada de Buenos Aires, 
alguna especie de arca apocalíptica 
que la lleve lejos de tanta mierda.

Un poco de templanza es menester

entre tanta sangre a punto de hervor.

Las llamas de la inoperancia humana 

han creado una bestia difícil de vencer: 
quien no le teme, la combate grotescamente.

Algunos desvían la mirada 
y la depositan en asuntos triviales.
Otros, pretenden arrancarle los ojos 
cuando el problema está en su corazón.

Diluvia en la ciudad, 

mas quizás se requiera de elementos 
de otra naturaleza 
para apagar el fuego.
Las espadas del guerrero 

se han tornado vetustas, 
y se han oxidado ya los escudos empíricos. 

Tropas de conciencia que se han dado a la fuga, 
dando por perdidas batallas que aún no han sido iniciadas, 
que han sido iniciadas desde el enfoque incorrecto.

Y todo queda en anarquía moral,

en barbarie existencial, 
en cacería y animalada.

Estas tierras no han de soportarnos mucho tiempo más, no: 

que en cualquier momento han de expulsarnos de un escupitajo. 

Y sin embargo esperamos, 
esperamos su redención, 
esperamos el milagro,
esperamos algo, 
cualquier cosa que sea, 
con tal de que no sea esto.

Puta que diluvia, y el arca no llega.
Las necesidades impuestas,
las chácharas vacías.
El cardumen de pirañas
masticándote las sienes
en un mar sin agua.
Las embolias artificiales,
la aneurisma consentida.
Las carnes primero,
el resto no esta expuesto,
el resto cuenta para pocos
y acá lo que importa es la llegada rápida,
los encantos instantáneos,
la idiotez adornada.
Las virtudes están desvirtuadas,
las banalidades se jactan desde su pedestal.
Al conocimiento se le huye
casi tanto como a las arrugas.
Las mujeres reniegan más por un culo caído
que por una equidad desmoronada.
Y a los tipos les preocupa enormemente el tamaño de su pene
pero no les quita el sueño una inteligencia microscópica.
Pesan los asuntos circunstanciales,
superficiales,
capitalistas,
mucho más que la pobreza espiritual.
Nadie se avergüenza tanto de lo que le falta por dentro
como de lo que le falta o le sobra por fuera.
Y cuando hablo de espíritu
no hablo de religión:
ella también está manoseada por intereses de poder,
y plagada de axiomas que nacen de la ignorancia
y que rechazan la pluralidad de caminos espirituales
que conduzcan hacia la felicidad.
Hablo de la intención de sentir una riqueza interior,
que se nutra de naturaleza,
de diálogo,
de fraternidad.
Hablo de abrir los brazos y recibir el amor del mundo,
de querernos a nosotros mismos
en términos no narcisistas,
de cuidar lo que somos en esencia,
y de no dejarnos penetrar tan fácilmente
por lo que todos los sistemas quieren que seamos.

jueves, 20 de febrero de 2014

Romance del viento y el tiempo


Pacífica es la mirada del viento
que susurra, elocuente, poemas al tiempo.
Supera su voz a cualquier otro intento
de enamorar a las horas que aún no han pasado.

El viejo reloj, como hipnotizado,
suspira segundos con su suave aliento.
Cada minuto lo siente sagrado,
Cronos, templado, congela el momento.

Día y noche se han yuxtapuesto,
ayer y hoy, presente y pasado.
El rostro de Jano se ha transformado:
se han igualado perfiles opuestos.

“Déjame beber, purísimo Cronos,
de la eternidad que, con gracia, inunda tus huesos.
Cólmame de vida y de fibra del cosmos,
y a cambio tendrás en tus labios mis besos”.

Y así es como el amor detiene un instante
a todo lo que corre con prisa y errante.
El viento nos roza, paseando oscilante
entre el fresco aire y el dulce sentimiento.
El beso del amado inmortaliza el momento...
será que el fiel viento ha llegado a su puerto.