domingo, 8 de marzo de 2020


Epitafio

Estas palabras serán lo único que quede de mí cuando yo me haya ido.
Cositas que escribí y que escribo para casi nadie, para todos, para mí, no importa para quien, se escriben solas, fluyen.
"Era una buena mujer", eso quedará, y estas palabras.
Porque cuando partimos, todos recuerdan primero lo bueno. Al revés que cuando estamos vivos. Así que, llegado el momento, seré buena para todos. Incluso para los que no me conocieron nunca.
Para los que me conocieron lo malo.
Para los que me inventaron lo malo.
Para los que lo padecieron.
Para los que lo generaron.
Para quienes vomitaron y defecaron sobre todo lo bueno que, a dicha fecha, casualmente, reconocerán.
Pero yo, para entonces, ya estaré despersonalizada. Ni buena ni mala: ida. Así que sus halagos post mortem,  métanselos donde mejor les quepan. A llorar al campito. Aquí, no.

martes, 26 de noviembre de 2019

Cuántas veces nos autosilenciamos
para que el volcán no erupcione,
para que el huracán no arrase,
para que la inundación no ahogue.
Implosión altruista, compasiva, conciliadora.
Y así,
nos volvemos desastres antinaturales.
Porque la naturaleza es explotar,
devastar, dejar salir la ira y la fuerza.
Ergo, cuanto más nos guardamos,
más nos destruimos por dentro.
Nos sacrificamos, sí, para evitar la destrucción de todo lo que nos rodea.
Pero tal gesto de amor al entorno,
cuando se vuelve regla unilateral,
implica la erosión del ser.
A veces es mejor el silencio que la aniquilación del otro, ciertamente.
Pero guardarse todo, siempre, con todos, es un acto casi suicida.
Autosilenciarnos es autodestruirnos.

sábado, 25 de mayo de 2019

La profundidad es un tesoro con el que es muy difícil toparse en estos tiempos. Los seres humanos evolucionamos a una nueva versión beta, bajo la ecuación ergonómica menor densidad/mayor contenido (involutivo, dicen las letras pequeñas); estamos compuestos en nuestra gran mayoría por mierda, odio y estupidez atómica. Muy por debajo, escondida, quedó la profundidad. Saluda desde el fondo, con timidez de asomarse, con fobia social. Un poco abofeteada e inerme. Acostumbrada a invisibilizarse con los superpoderes que le proveyó la civilización moderna, con la magia de su inmediatez. Así es, contenido liviano, de tránsito rápido. Flotando en la superficie como un cadáver camuflado, como heces con ornamentos de diseñador. Disculpe el atrevimiento de la pregunta, pero, ¿Y la profundidad? Bien, gracias, allí a lo lejos, donde casi todos la ponen(mos). Debajo de los ladridos pro bando, de los argumentos falaces, de las toneladas de technology upgrades & social networks, de las conversaciones monotemáticas revestidas de frases cliché, de las poses cool. ¡Venga! Que si somos apuestos y estamos al grito de la moda, o si somos estética y mentalmente insulsos pero estamos atentos a copiar frases y posturas de los engranajes top-ranked en el sistema, no necesitamos descender a lo profundo, ¿verdad? Es decir, ¿para qué? Es un tanto aburrido el pensamiento abstracto y elevado, un tanto complejo y peligroso abrirse el camino bajo el telar de lo masivamente entretejido, ¿cierto? ¡Si el tramado socialmente impuesto se ve tan bonito! Es más fácil atacar como simio rabioso que escuchar, hablar del culo de la vecina que de ideas, imitar que crear, tapar el cerebro con idioteces que dialogar sensatamente con uno mismo y con el universo. ¡Hay tanto con lo que entretenerse en estas épocas! ¿Quién quiere razonar tanto? ¿Quién quiere alzar su voz si no es dentro de un hashtag?
Keep calm and drop deep thoughts far away. Nos hemos vuelto un compilado de emojis, insulsos como los filtros que ponemos a las fotos. Y nuestros sentimientos se han tornado descartables, como todo lo que no es fotografiable.

miércoles, 6 de febrero de 2019

En esos minutos previos a cualquier catástrofe, uno es feliz y no lo sabe.
La ignorancia es, en este caso, lo que genera el injustificado y desmesurado descontento. Ignorar la felicidad, que nos grita a diario en la cara; buscarla inagotablemente por los lugares más recónditos, cuando la tenemos frente a nuestras narices.
Deberíamos sonreír más porque estamos vivos. Ser más agradecidos. Lo entendemos todo, precisamente, cuando lo perdemos todo: ¿Y cuando lo tenemos allí? ¿Por qué no lo abrazamos?
El niño que llora por su juguete roto justo antes de ver morir a su madre. La niña que se avergüenza de su hogar humilde justo antes de oír la detonación que arrasa con su casa y con su cuerpecito aún no desarrollado. La mujer que llora por amor, justo antes de que su corazón se rompa biológicamente. El anciano que rechaza sus manos agrietadas, justo antes de dar su última caricia. No estamos poniendo atención. No estamos cosechando con alegría el fruto del día, sino encolerizándonos por las pérdidas insignificantes. Debemos empezar a resignificar la relevancia de las cosas.  Porque mientras seguimos distraídos, los momentos pasan, y no se detienen a esperar a que decidamos, eventualmente, despertarnos.
Rechazamos la vejez, cuando una vida bien vivida la transforma en una etapa de sabiduría. Llegar a viejo es en sí estar bendito, es haber sobrevivido al recorrido.
Anhelamos una vida eufórica, y asociamos la falta de momentos emocionantes con frustración. La ausencia de situaciones desmesuradamente intensas es presencia de calma, ¿y no es, acaso, la calma algo precioso? No confundamos sosiego con aburrimiento. Ni soledad con abismo. La soledad también es una posibilidad de encuentro con uno mismo.  Buscamos llenarnos de ruido, de gente, de objetos. Y aun en la constante búsqueda y obtención de todas estas cosas, seguimos sintiéndonos vacíos.

¿Qué nos falta? Y una vez finalizada la extensa lista que seguramente surge ante dicha pregunta, repreguntémonos: ¿Realmente nos hace falta?, ¿Lo necesitamos esencialmente? ¿O creamos en nuestra propia mente esa falsa sensación de incompletitud?
Por otro lado, ¿gastamos el mismo tiempo y energía en visualizar y disfrutar de nuestros logros, nuestras virtudes, nuestros desafíos superados, nuestros aprendizajes hechos, nuestros afectos presentes, nuestros placeres sencillos, nuestros lapsos de paz? 
Empezar a vivir, empezar a soltar. Empezar a fluir desde adentro hacia afuera. Empezar a despertar.

miércoles, 25 de julio de 2018

¿Qué somos atrás de toda la parafernalia?
Cuando estamos desnudos, desprevenidos, solos.
¿Quiénes somos cuando nos despojamos
de todo lo que la mirada de otro
exige o espera?
Cuando conectamos con lo que escondemos,
por vergüenza o por miedo.
¿Qué hay allí,
bien en lo profundo,
donde nadie puede ver?
Todo lo demás es disfraz, es máscara,
es cáscara ornamental.
Todos nos escondemos debajo de algo.
Todos nos refugiamos en alguna anécdota alegre o exitosa, en alguna sonrisa forzada, en algún relato de autosuperación, en alguna mentira, por piadosa (o no) que sea.
Todos endulzamos la vista y los oídos de otros, con delicadas pantomimas.
Sólo nos conoce quien ha logrado quebrar esa cáscara, desgarrar la fachada.
Quien ha llegado a lo más turbio y a lo más frágil.
Y siempre hay alguien que alcanza el corazón del volcán.
Sólo pocos se quedan tras haberlo visto todo: los secretos, los temores, las miserias, el pensamiento en crudo.
Y pasamos tanto tiempo armando la coraza,
decorándola,
desarrollándola,
que olvidamos que todo aquello no es real, a veces, no del todo una mentira, aun así, una reproducción de la realidad en escala idealizada. Y esa ficción entorpece la perdurabilidad y la autenticidad de los vínculos.
¿A quiénes buscamos convencer a través del ilusorio autorretrato? ¿A quiénes queremos agradar a través del efímero engaño? 
¿Al otro que es todos, a las masas, a quien nos atrae físicamente, a quien no conocemos demasiado, pero admiramos? Por otra parte, ¿Qué es lo que pretendemos recibir del resto: la falsa admiración o el genuino amor?
Si a fin de cuentas,
sólo a quienes nos abrazan los defectos,
a quienes nos corrigen constructivamente y sin juzgarnos, o nos aceptan sin querer cambiarnos,
sólo a esos, podemos llamar hermanos.

viernes, 27 de abril de 2018

La sociedad se rige por un modelo que está estratégicamente pensado para corrompernos y/o idiotizarnos. Nos generan falsas necesidades, falsos valores. Ya nos enseñan a competir desde la pirámide educacional, asociando nuestras capacidades cognitivas a un número. Los medios y las grandes empresas marketineras nos infectan la cabeza con modas, con tendencias, con arquetipos estéticos, con promociones y novedades,  todo parte de una gran maquinaria consumista que educa para buscar la felicidad por los caminos equivocados, generándonos insatisfacción la mayoría del tiempo, porque la ambición nunca se colma. Todo el tiempo se nos sugiere que un billete vale más que una virtud. Y sin el billete no somos nadie, no tenemos acceso a casi nada.
Los medios de comunicación recortan la información en base a intereses económicos, tergiversando y manipulando la realidad la mayoría de las veces. Las noticias están llenas de carga subjetiva. Y como la educación sigue siendo en gran parte conductista (nos enseñan más a repetir que a pensar), la mayoría habla sin razonar y sin autoevaluar las piezas en la reconstrucción de una idea.
Se nos prepara para que creamos que pisar cabezas es la única forma de avanzar (volvemos a ser números antes que personas, necesitamos ascender en la escala).
Valemos más o menos de acuerdo con nuestra "popularidad". Se nos regocija el culo, por ejemplo, contabilizando la cantidad de "likes" que acumulamos en las redes sociales, el gran opio contemporáneo del pueblo (como si nuestro valor dependiera de los clicks que hacen otros desde algún dispositivo tecnológico, en la mayoría de los casos gente con la que no tenemos otro tipo de contacto más que el virtual. Sentirse "seguido" ayuda a esa falsa sensación de ser querido, de ser alguien para muchos, porque se mide cantidad antes que calidad).
Los políticos son parte de una gran mafia y todos nos robaron y nos van a robar: ellos también nos ven como un número. Un político honesto nunca llegará al poder. Y si lo hiciera, todo el clan de gobernantes de turno (diputados, senadores, delegados, intendentes) debería ser honesto también. Teniendo servida la plata de todo un pueblo, ¿Cuántos resisten la tentación? Si en esta sociedad el bien común está desvalorizado y, una vez más, el pensamiento es "sálvese quien pueda"... Una sola manzana podrida lo hecha todo a perder. Algunos nos tiran unas pocas migajas, otros nos las quitan. Pero básicamente todo el que está arriba pone nuestros derechos y necesidades muy por debajo de sus intereses.
Nos venden una falsa democracia, nos hacen creer que somos quienes están al mando. Y elegimos al "comediante de su propio ideal", como diría Nietzsche, votamos un oleaje de mentiras, de promesas que no se cumplen. 1984 de Orwell no está tan lejos, somos suceptibles a la manipulación. Pero no, queremos confiar, apostar, agitar banderas.
Venimos arrastrando generaciones educadas desde enfoques incorrectos, dominados por monopolios políticos y económicos, que nos venden humo que siempre compramos, porque venimos moldeados desde la crianza para eso.
No sé si se podrá vivir fuera del capitalismo, si la educación cambiará sustancialmente sus modelos pedagógicos, si una sociedad podría sostenerse en anarquía. Todos estamos en mayor o menor medida inmersos en el sistema, incluso quienes vemos sus falencias.
Pero podemos intentar mejorar dichas falencias desde uno mismo, cada uno de nosotros.
No busquemos la felicidad en cosas.
No juzguemos por apariencias ni estatus.
No nos volvamos máquinas insensibles y competitivas, no hagamos del mundo un mercado.
Despertemos de esta gran mentira, porque algún día va a comernos.

domingo, 15 de abril de 2018


Toda mi vida no fui más
que un jodido entramado
de complejos y miedos.
 
Una niña solitaria, tímida,
retraída y melancólica.
Llena de sueños e ideas,
pero incapaz de hacer
lo que todo niño por inercia :
agruparse espontáneamente y jugar.

Muchos años de mi infancia
me pasé los recreos escolares
parada en un rincón,
observando al resto
como un perro asustado,
observando admirada en ellos
la soltura de la vida,
la risueña y lúdica
interacción social.

Cuando crecí,
desaté, en parte, esos nudos
de mis estadios tempranos
(justo lo suficiente como para simular
un grado aceptable de inteligencia interpersonal)
pero en el fondo de mi alma,
nunca pude soltar
a esa niña rota.

Y debo reconocerlo,
casi todas mis relaciones adultas
se desarrollan con un alto grado
de torpeza, inconstancia y desapego.

A veces temo seguir creciendo
y que, al envejecer,
junto con esa niña,
se prefigure entre mis recuerdos
otra silueta de mí misma:
una mujer llena de cicatrices
y de incertidumbre existencial
reclamando(me)
por el tiempo perdido,
por todo lo no hecho,
por todo lo hecho incorrectamente.

Y a medida que sigue corriendo
el inexorable reloj biológico,
siento que voy perdiendo
tiempo finito y sagrado,
que no volverá nunca
para corregirme o encausarme.

¿Qué me diré a mí misma,
cronológicamente perdida,
cuando ese tic tac amenazante
me apuñale con sus manecillas?

Me asusta imaginarme a futuro,
buscándome entonces en los ojos de mi pasado,
cuando todo lo que veré dentro,
lo sé,
será vertiginosa deriva.

Y entonces, aparece
una sola imagen posible
de todas nosotras:
la niña rota,
la mujer contrariada
y la anciana agónica
tomadas de la mano,
reconociéndonos las heridas,
en una anagnórisis intrapersonal.

Unidas, con las roturas
cosidas por la historia,
caminando sincrónicamente hacia el abismo,
para ponerle fin a todo eso
que en la delgada línea temporal
con punzantes sutilezas
nos habrá desgastado.